27/01/2009

a Raúl Martinez, Marcial García, y Manuel Díáz Ordaz


Los abuelitos son para burlarse, para corregirles las palabras maldichas y reirse un poco de sus ideas huecas; para hacerles travesuras y creer que se les engaña, para jugar con sus dientes falsos, para rellenarles los surcos de risas.

Los abuelitos son para 0lvidarlos, para quitar sus fotos de la sala, para sacar su voz del repertorio pero tararear sus canciones a escondidas, masticar sus frases imitando sus silbidos y buscar su calor pecoso cuando no se puede dormir.

Los abuelitos son para añorar el mole y el pan sopeado y hablar de nada en su divagar de mosca, en esa visita de fastidio de cada fin de año, en esa visita de buena obra, de ser muy generosos, de pagar la cuota de bondad anual. Son para decir que si tenemos madre, que no nos falta abuela, que somos de buena casta; para presumir como antiguedades caras, si le cuestan tanto a nuestros padres por lo menos que valgan la pena.

Los abuelitos son para citarlos cuando es de noche y tenemos miedo, cuando escuchamos su vos entre las sábanas y la culpa nos corroe; son para llorarlos en silencio porque a gritos se llora a un padre pero por un abuelo eso excesivo, cuando besar el retrato es inútil, no se sienten las arrugas, ni el olor a cuero viejo, y ya no se tiene ese gusto a leche amarga, sin esa respiracion que tiembla en la nuca. Siempre detesté sentir sus manos temblorosas, flacidas y duras como un arból de gelatina.

No importa ya, todo quedo muy lejos y me quedan pocos abuelos, sólo una y nunca la veo.

22/01/2009

ERA FÁCIL LLEGAR A LA ORILLA...
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Tú sabes, ves a los ojos y prometes cosas. A veces es dificil porque la exitación ola tras ola te los cierra, y todas las palabras salen cortadas como llenas de hipo, monosílabas, como estertores de ahogado, pero aun asi se promete, y juras que nunca vas a dejar, que no abandonarás.

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Hubo un momento, abajo en la cueva, viendo las rocas del suelo tan lejos, alcanzando a percibir ese hueco en la piedra tan redondo, que le apeteció esconderse bajo agua y peces, atorar ahi su cadera, atar sus piernas al coral; pero la mano en su mano, el placer del frío en la espalda, la avaricia de seguir viendo cueva tras cueva más peces de colores, para después llegar a la tibieza de la cama y nadarse hasta el calambre, le apartaron los ojos de la posible tumba.

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Deberíamos cobrar un deposito a los que no saben nadar a ver si asi les duele el codo meterse. Malditos imbéciles!

La playa del parque se llena de gritos en varios idiomas, no es posible que en un lugar asi no haya doctor, es absurdo que tan pronto se entiesen los cuerpos. Pero... ¿doctor ya para qué?

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Lo siento, sólo sé que de repente toda la máscara estaba llena de agua y no se veía el piso, por más que manoteaba no lograba mantenerme a flote, no quería hundirte, de verdad no quería, no sé porque no pude dejar de hacerlo, a penas te veía cubierto quería sacarte pero ¿cómo sacarte como salvarnos? La orilla se veía lejos, me llenaba de agua, no podía pensar, no podía dejar de hundirte, lo siento, maldita sea creeme que lo siento, la que te empujaba al fondo no era yo.

-No te preocupes.

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El salvavidas se lanzó, en tres brazadas los separó y la cogió de la cintura Codicia de la boca al hilo de un suspiro suspendida Se sintió a salvo y sonrió pero su alter ego seguía pataleando la incertidumbre ojos que no se cierran y hacen señas Entonces lanzó el lazo mientras el salvavidas jalaba a la orilla fija mirada que se abraza a otra, ajena, dejó de patalear, la cabeza danzaba entre los peces que se asfixia en el abrazo seguían los ojos abiertos pero ya no tenían miedo...


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y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse...

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- Ves lo prometí
- No te preocupes







06/01/2009

He decido que este blog no sea más un espacio de catarsis, ( la verdad es que entre más lo pienso no se que rayos quiero con él pero bueno ese es otro ausunto), sin embargo ninguna de mis desiciones es (salvo unas pocas, muy muy pocas) inflexible.

Hace tiempo no les cuento de mi vida, porque ya no quería contarles de mi vida, y tampoco de las tardes magicas, porque quise que esas cosas que no le importan más que Débora Hadaza se quedaran para Débora Hadaza, pero...

pero nada. Ahora que lo intento resulta que hablar a calzón quitado de algo personal, sin "metaforas", sin máscaras, asi de carita lavada, es muy dificil. ¿Por qué diablos tiene que importarles el que el 2008 vagaran entre el desamor-descreimiento-desesperanza-amor-y de nuevo la fe? (lo siento no entiendo como se puede amar sin fe). ¿Por qué tiene que importarles que sin buscarlo apareció (de verdad apareció, en serio en serio aunque no me crean asi fue) el amor de mi vida? (y ya se que decir amor de mi vida es chocante, cursi, palabra prohibida, grrrrr, pero es que eso es!!). ¿Por qué tiene que importarles que al poco tiempo de conocerlo, me casé con él sin más testigos que dos desconocidos, de la manera en que siempre lo soñe? (Si siempre desee una boda asi, lo siento, me disculpo por mi egoísmo, pero como lo soñé ). ]Pa qué les digo que la vida me da la oportunidad de ahora hacerlo en público, el proximo sabado, con todos los padres y madres correspondientes, asi como Dios manda, y que con eso me da lo que nunca soñé, y creí no desear pero sin embargo, a lo mejor si? ¿Para que les digo que estoy entre muy feliz y muy histérica, demasiado enamorada, y demasiado temerosa, muy alegre y muy nostalgica?

Supongo que sólo para que lo sepan.

Alguien me dijo que quiero ser la Maga, si yo creo que si, espero no ahogarme en tan ancho Sena de emociones, y si amigo, quiero embriagarme de oportunidades.

Por cierto marido mio te amo, amigos mios que no lo sabian ahora lo saben, y desconocidos mios, pues... ni modo ya lo hice publico, ¿alguna queja?

Atte. Débora Hadaza



03/01/2009

rayos ya no me gustó al releerlo pero bueno ahi ta, ya saben a desbaratarlo que para eso se publica.


NATALIA Y GABRIEL

El 21 de Noviembre del 2007, Regina cargaba sus pesadas maletas al salir del metro General Anaya; eran las siete de la tarde y ya estaba oscuro. No tenía dinero para el taxi y contaba con que Estela estaría en casa esperándola. Buscó en los parabrisas de los peseros aparcados en el paradero alguno que dijera “Miramontes”, pero no, nada. Entre la desesperación, las tripas que le reclamaban comida, y el peso de las maletas, vio un rostro angelical que le preguntó ¿A dónde vas?

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Natalia creyó que los rezos de sus padres habían sido escuchados, le dio al chico la dirección: Castellanos Quinto #25, Col. Educación; y le soltó las maletas ante su amable insistencia. El chico, que se presentó como Gabriel, le sonrió un no te preocupes, mientras le indicaba a que pesero subirse. En lo que duró el trayecto Gabriel preguntó quien era Natalia, a que se dedicaba, de dónde era, y que la traía a la ciudad.

Al llegar a la parada donde debía bajarse, Gabriel le preguntó si quería que le ayudara a buscar la dirección, ella le sonrió si y él tomó de nuevo las maletas, bajaron del autobús y comenzaron a caminar. Natalia tenía miedo, le temblaban las piernas, mamá omnipresente le decía al oído no debes confiar en extraños, pero el chico, amable y güerito, le inspiraba confianza, además sus ojazos verdes y su figura de futbolista de americano lo hacian ver no solo confiable sino tambien atractivo.

Caminaron varias cuadras, el alumbrado de la colonia era pésimo, pero la compañía era amena . Cuando por fin llegaron a la casa su amiga, no estaba. Gabriel le propuso ir a un café cercano mientras llegaba Estela, Natalia aceptó algo apenada pero demasiado hambrienta.

El café tenía un ambiente muy familiar. Ella pidió una sopa de champiñones y él una orden de tacos al pastor. Cenaron, charlaron, y Natalia le dijo de broma que era su ángel enviado como premio por lo buena que había sido ese año; intercambiaron teléfonos y sus respectivos correos electrónicos, y Natalia pensó en lo divertido que sería pervertir un poco al ángel. Gabriel la llevó de nuevo hasta la puerta de la casa de Estela, se despidieron de mano, y ella prometió llamarle.

Después de dos noches concertaron una cita. Natalia estaba muy desconcertada por la indiferencia de su novio, Gabriel acaba de recibir la noticia de que su exnovia de toda la vida se había casado una semana antes. Natalia la noche anterior se besó hasta el cansancio con un desconocido en un bar; Gabriel esa misma noche se emborrachó confundiendo en sus delirios a su exnovia con Natalia. Natalia quería vengarse su novio, Gabriel pensaba que su exnovia se había casado como venganza.

Fueron a desayunar a un lugar muy lejos en el carro de Gabriel, muy lejos para Natalia que no conocía el D.F. y Tlalpan le pareció estar del otro lado del mundo. Hablaron de películas, de sus noviazgos, de que había hecho una noche antes; y en uno de los tantos semáforos al regreso empezaron a coquetear. A la mejor eso fue desde antes cuando al subir al carro después del desayuno Gabriel se recostó en las piernas de Natalia y ella le acarició el cabello, o tal vez un poco antes cuando en el restaurante Natalia le preguntó si no le habian dado ganas de besarla desde que la conoció y el contesto la verdad si, o quizá desde el principio de la cita cuando se vieron y se abrazaron como si no tuvieran huesos.

Pasaron la tarde bajo la delicia del sol otoñal, entre besos, abrazos, helados, y música andina a las espaldas de la Iglesia central de Coyoacan; y ambos se sorprendieron de lo cómodos que se sentían juntos a pesar de ser la segunda vez que se veían. Era como si la cadera de Natalia contara con el espacio perfecto para llenar el hueco entre los brazos de Gabriel, como si la densidad de los labios fuera la justa para los besos más exquisitos, y sus lenguas hubieran esperando esa sofisticada serie de acrobacias para probar su destreza. Era también como si alguien desde el macrocosmos hubiera organizado detalladamente toda la cita -la temperatura, el resplandor del sol, la fuerza del viento, el sabor de la brisa antes del anochecer. Los besos fueron apasionándose cada vez más hasta ser imposible permanecer en público, y buscando un lugar mas “privado” terminaron en el estacionamiento del CNA.

Y ahí tuvieron la mayor intimidad que se puede tener si de repente otro auto te echa las luces, o tienes temor de que el velador te encuentre. Natalia se comprobó que pervertir al ángel era no sólo divertido sino riquísimo; le mostró un océano de caricias distintas, de emociones aun no vividas por un novato como Gabriel, lo trastornó de gemidos, gestos feroces y quejidos destemplados; le hizo conciente de su sabor y del poder de su sexo, le mostró toda la experiencia y fogocidad que a sus 21 años habia podido reunir.

En esa clandestinidad tan deseada, y tan llena de confesiones corporales, Gabriel creyó encontrar lo que había pedido noche tras noche de un año de soledad, pensó que Natalia era el ángel de sus sueños, que esa cercanía repentina y sorprendente era la señal del fin de la tristeza y el abandono; y así, tan desagradablemente, haciéndolo caer de la nube, Natalia le sonrió un desconcertante oye es tarde, lo siento me tengo que ir.

Natalia no solo tenía que irse de su lado sino también de la ciudad, y con ella se fugarían sus efímeras esperanzas. Gabriel sufrió de verdad. Y tal vez se despidió de la manera amable y caballerosamente correcta -vestirse, ayudarla a vestirse, besarla por última vez, decirle un par de cosas lindas, llevarla a la casa de Estela por las maletas y luego otra vez hasta la estación del metro donde la conoció, con sonrisas coquetas y complices, y también con el ahora si último beso, hasta nunca angelito, adiós…

O tal vez si le rogó un par de veces que se quedara entre suplicante e histérico, un ruego de niño perdido que no sabe a quién le pide pero aun así pide -entre lagrimitas y mocos- que le den más besos, más amor aunque sea de “a mentiritas”, prometiendo a lo mejor cosas lindas e inmortales, insistiendo que algo así no puede acabar tan fácil, insistiendo un poco mas abriéndose el pecho y confesando lo que siente sin temer ser vulnerable, para finalmente resignarse decepcionado, y hacer todo lo correcto con más amargura que amabilidad…

O tal vez hace ese drama incomodo que no debiera hacer, y entre más súplicas y reclamos pasa algo que nunca pensó que podría pasar: Rogar, rogarle llorando; rogarle que se quede mientras encima de ella le sacude la cabeza con la fuerza que hace volar a sus contrincantes en el americano; rogarle desesperadamente a gritos y golpes, en el rostro y el estomago, que no lo abandone, que quiere pasar por lo menos una noche completa con ella y verla despertar; rogarle penetrándola violentamente, aunque ella se niegue y le maldiga, que se quede con él hasta el final del día; rogándole a pesar de los gritos de Natalia, de sus golpes inciertos y cada vez más débiles, a pesar de su voz más y más moribunda y sollozante. Rogándole que despierte después de callar su llanto con el tablero del auto; rogándole mientras le besa la boca rota y el aliento ausente. Rogándole a su imagen al conducir su auto a toda velocidad, al buscar un basurero fuera de la ciudad donde dejar ese cuerpo tieso; rogándole que después de todo no lo abandone, que se quede con él hasta la llegada del sueño, que lo ampare de los recuerdos, que lo abrigue con su pasión y ternura desde el cielo. Porque después de todo un ángel no puede morir…

O tal vez, nunca hubo un estacionamiento de fuego, ni una tarde de mágica ternura con besos de antología; quizá el desayuno, las caricias dulces de Natalia, su coqueteo sensual y cómico, no son más que la historia que un niño bien se cuenta para no morirse de miedo ante el espejo. A lo mejor nunca Natalia quiso tocarlo, nunca lo vio con otra pasión más que la de un pánico de muerte, tal vez ella jamás deseo ver su cuerpo rasgado bajo las manos hambrientas de un riquito sin experiencia y con mucha histeria. Quizá nunca hubo una segunda cita, ni una primera, ni un café donde perder la desconfianza y el hambre. A lo mejor lo único que hubo fue una provincianita X llamada Regina, que en su desconcierto e ingenuidad, se dejó seducir por un rostro angelical salido de un carro blanco como una nube, que le dijo ¿A dónde vas?


Final editado el 4 de enero

O tal vez, nunca hubo un estacionamiento de fuego, ni una tarde de mágica ternura con besos de antología; quizá el desayuno, las caricias dulces de Natalia, su coqueteo sensual y cómico, no son más que la historia que un niño bien se cuenta para no morirse de miedo ante el espejo. A lo mejor nunca Natalia quiso tocarlo, nunca lo vio con otra pasión más que la de un pánico de muerte, tal vez ella jamás deseo ver su cuerpo rasgado bajo las manos hambrientas de un riquito sin experiencia y con mucha histeria.

Quizá nunca hubo una segunda cita, ni una primera, ni un café donde perder la desconfianza y el hambre. A lo mejor lo único que hubo fue el cuerpo temeroso de Regina ante un rostro angelical salido de un auto blanco como una nube que le dijo A donde vas?