21/03/2012

REHABILITACIÓN


Hace un rato, como seguramente millones de latinoamericanos, vi 28 días, con Sandra Bulok. Cierto, no es una gran película, no llega a serlo, pero no importa. Me hizo recordar muchas cosas. Hace años entré a una escuela que parecía centro de rehabilitación. Eso fue para mí.

Recuerdo esa sensación desesperante por llamar a alguien y que el teléfono no dé línea. La ira y angustia al recibir instrucciones estúpidas. El ver a todos los demás como alienados, y sentirte la más inteligente del grupo para después ver que estás más perdida que todos.

Sobre todo esa escena donde le telefonea a su hermana llorando, vaya, que escena, llamar con una targeta de larga distancia, ¿lo has hecho? tantos estúpidos pasos para que al final no puedas hablar, para que te sueltes llorando como idiota, frente a una bocina de plástico.

Con la misma hermana cuando la otra le dice que la veía ir caminando enfrente de ella tan sola y tan pequeña. La verdad me di lástima por no tener una hermana que aunque me ignorara al menos me viera. Al menos un testigo de todas la veces que he caminado sola, hablando sola, contándome chistes sola, llorando sola, peleándome sola. Que mal está eso de no tener un testigo, aunque sea para echarte en cara tus errores.

En fin. Ahora que lo pienso yo en ese entonces me estaba rehabilitando de vivir, me había intoxicado de experiencias y ya no podía con tanta dosis. Y salta en mi memoria esa frase de Sabines "esto es muy parecido a salir de un manicomio para entrar a un panteón". Debería haber clínicas para rehabilitarse también de la muerte, del dolor, del aburrimiento, de la falta de oportunidades, de la dependencia, del silencio y del ruido. Cada cierto número de años, todos los adultos deberíamos ser internados por disposición judicial, ser sujetos de reglas estúpidas, y curarnos en salas con televisiones viejas junto con otros adictos.